"...que es lo que les jode". Esta soez frase acuñada por la Pantoja nos viene que ni pintada para resumir lo que sufren nuestros bebés cuando inician el proceso de dentición.
Los adultos no recordamos, por suerte, los dolores de las encías al romper y demás, pero podemos asimilarlos a las molestias habituales ocasionadas por las muelas del juicio, por ejemplo, para darnos cuenta de que lo que pasan nuestros hijos no es un camino de rosas. El malestar se incrementa en su caso al no saber qué les pasa. Se sienten raros, doloridos, incómodos, pero desconocen el motivo y, para más inri, no tienen otra manera de explicar lo que les sucede que el llanto. Y lloran. Normal.
Vera empezó a quejarse de "los dientes" a los tres meses, aunque el primer incisivo inferior no apareció hasta los cinco, así que sería más exacto decir que se quejaba de "las encías". Le compramos mordedores de todo tipo: fríos, duros, rugosos y de distintas formas; también nos hicimos con un bálsamo de lactoserum que prometía aliviarla y tomó homeopatía (Chamomilla 30 CH) durante meses, pero cuando le daban picos de dolor extremo nada funcionaba, ni siquiera la "tetanalgesia" (infalible en cualquier otro caso).
Ahora, con ocho meses cumplidos, tiene dos incisivos inferiores creciendo a la velocidad del rayo y estamos esperando la salida de los superiores, con sus consabidas molestias (muy) de vez en cuando. Como son muy puntuales y llevaba bastante tiempo sin quejarse hemos dejado la homeopatía por el momento. Nos va muy bien para hacerle masajes el dedal de silicona con el que le hacemos la limpieza bucal (parece que le hace cosquillas y no pone pega ninguna cuando le lavamos los dientes y la lengua y le masajeamos las encías). Pero el "remedio estrella" es...¡tachán!: ¡un paquete de kleenex sin empezar! Debe de tener la consistencia perfecta, el tacto adecuado o no sé, el caso es que muerde gustosamente cada vez que le dejamos uno.
Y, cómo no, roe pan y galletas que da gusto.

